REMEMBRANZAS
Gerardo
Martínez
Aún resurgen en mi mente los
últimos recuerdos como un vago rumor que se extingue allá lejos, muy lejos, en
las lejanías brumosas de horizonte, dejando en el alma exhausta ya de viejas y
lacerantes impresiones, el deleite y la dulzura que produce el recuerdo
imborrable de la primera edad, el ritmo dulce y suave, la caricia amorosa que
deja en el espíritu la huella indeleble de los años mozos.
¡Con cuánta emoción recordamos las dianas,
los toques de corneta, el redoble pujante del tambor, el coche engalanado que,
arrastrado por briosos caballos conducía lujosamente ataviadas bellísimas
mujeres, aristocráticas damas, adornadas con las ricas preseas de su regia
hermosura, con los esplendores de su gracia palpitante, ruidosa, juvenil…! Pero
al detenernos un tanto escépticos y pasar decepcionados minuciosa revista por
el decurso de los años, una perplejidad amenazante nos detiene también ante el
nuevo espectáculo del mundo moderno haciéndonos contemplar abstraídos, la
alegría de sus fiestas, el brillo inusitado de sus distracciones, la subyugante
estridencia de sus ruidos, la sublime algarada… en fin, muy superior en grado
sumo a aquellos tiempos de la célebre pita y el clásico tambor.
A todas las latitudes, a todos los pueblos
ha llegado insensiblemente este refinamiento del popular festejo; medio seguro
y eficaz para fomentar la riqueza con la creciente y segura afluencia de
forasteros.
Y he aquí, lector, cómo percatado de este
extremo este pueblo oculto en el más recóndito escondrijo de la Mancha, sacude su pesado yugo, sale de su
yacente marasmo y lleno de savia, pletorizado a la vez de justificada ilusión,
rompe férreos grilletes, destierra la antigua rutina y este año, con nuevos bríos
y con esfuerzos nuevos, se lanza a la conquista y como en un rasgo apoteósico
de suprema grandeza se dispone decididor y valiente a celebrar su fiesta anual.
Con él, la vetusta tradición reaparece como
fantasma insospechado; resucitando remembranzas de otros tiempos, al grito
resonante y poderoso de la vieja costumbre juntamente con la herrumbrosa y
sensible añoranza.
Con él se enlazan gozosos, el presente con
sus galas de novia desposada y el pasado con todo su cortejo de melancolías y
rancias tradiciones; siendo como película sagrada que rápidamente va
apareciendo en el kaleidoscopio de nuestra mente, significando con manifiesta
virilidad, el correr y el jugar, el llanto y la risa, de tiempos seculares, en
que la privación del juguete apetecido nos producía el dolor implacable, la
congoja irremisible y el constante llorar…
¿Quién no lo recuerda…? Pero la inesperada
y franca aparición del abuelito con el regalo de ferias; la muñeca riente o el
caballo de cartón, ponía fin a nuestras amarguras, al secar las lágrimas que
surcaban nuestras rosadas y tersas mejillas, trocaba en gozo la tristeza e
inundaba de placer las plácidas horas de nuestra infancia.
Tiempos de fiesta, días agradables de
diversión recuerdo latente que rememora la dulce y repetida añoranza del ayer
finado, como maravillosa cinta cinematográfica donde se agolpan en confuso
tropel los padres, los hijos, los hermanos, pariente y amigos; todos en
fraternal y franca camaradería y todos con la alegre placidez que produce una
innegable felicidad, exteriorizan su júbilo; júbilo cuya rememoración como fin
de festejos y colofón de fiestas, es florón terminal, digno remate que al
enlazar el presente con el pasado engendra, como extraño fenómeno, como línea
generatriz, un airón glorioso de sugestiva y tierna evocación.










































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