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domingo, 12 de abril de 2026

LA ÚLTIMA OFRENDA - Cuento de Enrique Clemente Mateo - 1928 -


-       LA ÚLTIMA OFRENDA  -

      Enrique Clemente Mateo


La fiesta aldeana prometía ser, por su preparación y entusiasmo reinante, una de las mejores celebradas en el poblado.

El verdoso lugar de la acción y minúsculo pueblecito que, riente como halagador mimo, asentabas con gracia coquetona a mitad de la falda de pintoresco colina, destacabase con ademán pujante al recibir los rayos del sol, cuya caricia alentadora y vigorosa parecía conceder vida y voluntad a su materia, como invitándole a descender de su base y recibir en el parapeto de sus muros las caricias del mar.

Todo era alegría y en el aspecto aldeano resplandecía la gala solemne de la gran fiesta que, sin interrupción conocida, sucedíase de tiempo inmemorial manteniendo inconmovible la persistencia de su tradición rancia e invariable.

Los jóvenes lucían sus mejores atavíos ostentado en el rostro su vigoroso ímpetu y las mozas, lozanas e ingenuas, avivaban los sueños de arrogantes mancebos, los que recibían sus sonrisas como a flores desprendidas del rosal aromático que inundaban sus pechos de esperanza y de luz.

Dorotea Lucientes que con sus dos hijas huérfanas compartía resignada sus escasos recursos hubo de hacer a cambio de múltiples privaciones una modesta economía con que poder atender a sus pequeñuelas, la menor de las cuales aún permanecía en el periodo de lactancia, cuya nutrición mermaba de un modo alarmante las energías de la madre, mal alimentada y sobrada de penosos trabajos, los que unidos a su anhelo de proporcionar un obsequio modesto como sincero a sus hijitas, conseguido a costa de su manutención, tanto más obligada por su estado de nodriza, adquirió una debilidad intensa que sus pequeñuelas, niñitas inocentes, de ningún modo podían sospechar. 

Con mucha anticipación a los festejos repetía insistente la mayor de sus hijas:    

Mamá, el día de la fiesta, que habrá feria, me comprarás muchos juguetes y me llevarás con mi hermana a ofrendar nuestra limosna en beneficio de los acogidos en el asilo provincial.

 Si, hija mía – murmuraba la madre con acento de amargura- ; os compraré cuando pueda y no quedaremos sin visitar el sitio designado, donde entregaremos nuestro modesto donativo; vuestra madre no os quiere privar de ese placer que disfrutarán todos los niños, haréis la ofrenda y tendréis juguetes aún a costa de mi vida que noto me abandona en precipitada fuga.

En estas manifestaciones en exceso prometedoras para el deseo de las niñas, transcurrió el tiempo, siendo interrumpidas con el advenimiento del día deseado donde principia esta narración.

Dirigiose Dorotea a la plaza del pueblo y con ese amor entrañable que late purísimo al pensar en los hijos, adquirió diferentes juguetes, los cuales estaban en perfecta armonía con relación a la edad de cada una de las niñas.

La menor de las hijas, que por su corta edad aún no comprendía la importancia que para ella tenían aquellos objetos, después de recibirlos sin mostrar ningún entusiasmo, terminó por desecharlos con desgana, que tanto se diferenciaba del interés puesto por la madre en adquirirlos para regalarla.

Cuando esto sucedía apropiábase la mayorcita de todos los enseres que, en miniatura, representaban lo imprescindible al complemento de un hogar y, con satisfacción amorosa en la que destacaban ciertos ribetes egoístas, retirábase a lo más apartado de la casa y distribuyendo en sitios diferentes los objetos, alternaba entusiasmada en continuas distracciones infantiles que se diferenciaban alternativamente según la clase de juguetes que manejaba.

 La madre, con su pequeñuela siempre en el pecho, proseguía a la mayorcita en todos los aspectos de su distracción y observaba con alegría inmensa las diferentes fases de su hijita, la que abismada por creciente embeleso adoptaba actitudes ya cómicas, ya serias, que inundaban a la madre de emociones sublimes y frenéticas.

Interrumpió Dorotea a su hija destruyendo el curso de sus juegos a la que advirtió ser llegada la hora para asistir y entregar sus ofrendas.

Todo dispuesto y en unión de numeroso público que, por su igualdad en pobreza, no podían hacer el recorrido con la comodidad que otros muchos de sus convecinos hicieron a pie los cuatro kilómetros que distaba el sitio de reunión. Así eran cruzados por veloces automóviles, coches lujosos y toda clase de vehículos que sin preocuparse ni advertir la marcha penosa de los peatones corrían felices hacia el lugar del acto.

Dorotea, con su pequeñuela en brazos y dando la mano a la mayorcita, consiguió poner fin a la penosa marcha y arribó desfallecido junto a la mesa petitoria, depositando el humilde donativo tanto le costara, a la vez que sus labios se agitaron acaso estremecidos por dulce plegaria que imploraba por sus hijas, en cuyos estremecimientos tomaría parte muy directa su estado colindante a la extenuación.

Seguidamente inició su regreso al poblado con mucha anticipación a los demás. Sentíase muy enferma y en su retirada, a mitad del camino, notose atacada por un frio intenso precedido de sudor copioso, zumbaron sus oídos con ruido poderoso de potente motor, y al sentir sobresaltada que perdía la vida, gritó horrorizada pidiendo auxilio o más bien protección a sus niñas y encogiéndose a ellas con amor indescriptible, agitáronse sus miembros, sus fibras perdieron toda noción de sentimiento, obstruyó su garganta un hondo suspiro y desplomose para siempre violentamente estremecida por convulso estertor.

A su regreso, los primeros romeros detuviéronse ante el trágico hallazgo, siendo precedidos por los restantes que, si a su ida no pararon mientes en las protagonistas, a su regreso detuvieron la carrera rendidos ante la tragedia que, a la vez, suspendía los ánimos con el inevitable y seguro dominio de la muerte.

La muchedumbre poseída de profunda piedad, humillose ante las huerfanitas, sentimiento que hubo de intensificarse al contemplar a la mayor que con ojos de espanto lloraba por su madre, en tanto la pequeñita, ajena a cuanto sucedía, debatíase gozosa sobre el pecho helado y agitaba sus manitas de rosa buscando con boca glotona el seno sacrosanto, estremecido por el contacto de la hija como una última ofrenda de la madre muerta.


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