Consideraciones
Antes de transcribir el contenido
del libro de 1945 es oportuno hacer algunas consideraciones relacionadas con su
contexto histórico. El texto de Gregorio Trujillo sobre el Santísimo Cristo de
la Vega narra la devoción que el pueblo de Socuéllamos le profesaba así como la
destrucción física de la imagen en nuestra contienda civil. Usa términos
propios de la España de aquellos años por lo que hay que tener en cuenta su
contexto histórico. En el estudio de documentos y textos de otros tiempos
existe un principio de contextualidad histórica que establece que cualquier
evento, documento o personaje debe analizarse dentro de las circunstancias
políticas, sociales, económicas y culturales de su época.
Es por eso que en este caso, y
puede que en alguno mas que se presente en los próximos libros de fiestas,
tendremos que aplicar este principio.
GRACIAS.
EL
SANTÍSIMO CRISTO DE LA VEGA
Gregorio
Trujillo
Tenía nuestra Iglesia Parroquial – el bien amado
templo que a pesar de las huellas que en él dejó el paso de las huestes del
odio conserva aún vestigios de su pasada grandeza – entre las riquezas que
atesoraba, una joya que predominaba entre todas: El Santísimo Cristo de la
Vega.
Estaban reunidos en esta joya el arte y la
piedad.
Todos los socuellaminos recordamos, la
bella expresión de trágico dolor, lograda perfectamente por la inspirada gubia
del desconocido artista.
No importa cuál sea el origen – es
indudable que muy remoto – de la devoción a la sagrada imagen.
Lo cierto es que en ella estaba nuestro
consuelo y ante ella acudimos implorantes o agradecidos.
Y el divino Crucificado, extendía sus
brazos en ademán de cariño; y su mirada, aquella mirada de sus ojos serenos y
escrutadores, ofrecía un dulce bálsamo de consuelo.
La
orda roja, creyó que rompía una piadosa tradición muchas veces secular
destruyendo aquella venerad imagen. Y obedeciendo a sus instintos de fiera, al
servicio del Mal, profanó el templo, arrasó sus altares e incendió sus
imágenes.
Y la imagen bendita del Cristo de la Vega,
fue destruida por aquellos mismos, cuyas madres se postraron quizá un día ante
ella, para implorar un favor o para agradecerlo.
Aquella imagen venerada, centro de fe del pueblo socuellamino, de lo que
daban testimonio los numerosos exvotos que colgaban de su rico retablo, fue
destruida. Y no sabían los nuevos sayones, que, se puede destruir un templo y
sus más preciadas imágenes, pero no se puede jamás arrancar la fe de un pueblo.
Y en el corazón de cada socuellamino, arde
el amor hacia su divino Patrón, el Santísimo Cristo de la Vega: y en cada uno
hay grabado un altar de mucha más belleza, de mucho más valor que aquél, que
manos de fiera, destrozaron en horrenda profanación.
Y gracias a la divina Misericordia, triunfó
la fe y se restableció el culto al Patrón de Socuéllamos, el Cristo de la Vega.
No importa que no sea aquella imagen ante la cual pidieron nuestros abuelos. Es
el mismo Señor, y él nos sigue protegiendo desde el Trono de la Cruz.
Y en el nuevo Cristo de la Vega, en el que el artista ha gravado un dulce gesto de agonía, y que se venera como el pasado bajo las soberbias bóvedas de nuestro templo “con aires de catedral”, como dijera un santo sacerdote, hemos de poner los socuellaminos nuestra esperanza.
Acudamos a Él, e imploremos Misericordia.
Jamás dejó de escucharnos.










































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